ESTADO PATRÓN, SÚBDITO CLIENTE
Qué pasa cuando el Estado controla directamente alrededor del 50% del PIB, y por lo menos un 25% más, indirectamente? Pues ocurre que el Estado no sólo ejerce sobre los ciudadanos el poder político, sino que sobre una gran parte de ellos ejerce además un poder dominical. ¿Y eso qué es?
Bueno, a eso lo llamamos con enorme acierto clientelismo: un poder dominical atenuado, tan voluntario como el trabajo, e igual de indispensable. Advierto que del mismo modo que el complementario de padre es hijo, y el de patrón obrero, en su origen el complementario de
el Estado no ejerce sobre los ciudadanos sólo el poder político
patrón fue cliente. El patrón (literalmente, “padrecito”) viene del ancestral paterfamilias romano, que era el dueño y señor absoluto de todo y de todos. Esa es la primera imagen del padre en nuestra civilización. De donde resulta que el padrecito o patrón es el antiguo padre atenuado. Todo un avance. Y su complementario el cliente, era también una forma atenuada del antiguo servus, que de siervos (llamados también esclavos) estaba hecha la familia de ese páter.
¿Significa eso, volviendo al control de los medios de subsistencia por parte del Estado, que un segmento importante de la ciudadanía son además clientes del Estado? Sí, pero no sólo eso. Con ser malo que el Estado se convierta en el mayor proveedor de trabajos, contratos y negocios del país, tan en régimen de oligopolio que funciona con sus propias reglas al margen del mercado; con ser eso nefasto, no es aún lo peor, sino que todos los beneficiarios de sus tratos, desde los funcionarios a las empresas de obras y servicios que trabajan para el Estado, se convierten de hecho en siervos del mismo, clientes por mejor nombre, en el sentido que tenía este término para los romanos.
El régimen de servidumbre, uno de cuyos frutos es el servilismo, se ejemplifica muy bien en el funcionario: de hecho ha crecido tanto el funcionariado porque el poder político no resiste la tentación de complementarse con el dominical, y eso se hace ampliando la relación de servidumbre y servilismo. Paradigmático es el caso de las Administraciones de Cataluña, País
el régimen de servidumbre se ejemplifica en el funcionariado
Vasco y Galicia, cuyo común denominador es la obsesión soberanista y subditista del nacionalismo. El funcionario (y por extensión el contratado) que quiera no ya prosperar en la Administración, sino que aspire tan sólo a no ver laminados sus derechos, se ve obligado a tomarse con entusiasmo su reconversión nacionalista (no basta con resignarse y someterse) apuntándose a los cursos de NORMALIZACIÓN. Son exigencias del clima (no imposiciones, evidentemente) que pasan por encima de sus derechos constitucionales y contractuales.
¿Y cómo se consigue convertir el poder político en poder dominical camuflado? Pues mediante el clientelismo. Se trata de utilizar los recursos del Estado como si se tratase de recursos propios del Administrador del Estado (es bien sutil la barrera), con lo que éste adquiere la condición de patrón. He ahí cómo a la relación política con los destinatarios de esos recursos se le ha añadido la
el poder político acapara competencias del sector público, privado...
relación dominical. Todos ellos se han convertido en clientes (¿del Estado? No, sino de su Administrador infiel). ¿Y qué es el clientelismo sino la especie de servidumbre atenuada que inventaron los romanos para tener mantenida y entretenida a la plebe que les demandaba panem et circenses? Al menos que hagan algo, se dijeron los patricios. Y eso fue: lo menos que les pidieron a los clientes por darles de comer y entretenerles, fue que les sirvieran de cortejo y les votaran. ¡Hay que ver!, ruedan los siglos y el mundo no cambia.
¡Hay que ver lo bien que viven los aduladores del poder! Ése es, hoy y ayer, el primer deber del cliente. Es un deber que hay que cumplir durante toda la legislatura. ¿Les suenan los medios de comunicación sujetos al poder por lazos de clientelismo, léase concesiones? Eso es lo más notorio. Pero luego, a todos los niveles, tenemos esas constantes muestras de fidelidad inquebrantable del cliente a su patrón. Desde el más humilde, al más encumbrado. Y para olvidar la pérdida de la libertad, pensiones y prebendas y sinecuras de todo género, y fútbol. Y a vivir, que son dos días. Ése es el clientelismo moderno, simple actualización del antiguo. Lo mismo, pero con mucha mayor riqueza.
Bueno, no cambia en lo esencial, pero sí en los detalles. Y no son baladíes: el clientelismo ha desvirtuado hasta su entraña nuestro sistema político. Lo que tenía que ser una administración puramente política (es decir para la “polis”) de la res pública (la cosa de todos), se ha convertido en patrimonialización de la hacienda pública (la res pública de los romanos) por parte de los partidos que han accedido al poder, es decir a la Administración de lo público. Con lo cual “hacen partido” (miran por su exclusivo beneficio) a costa de todos.
¿Y cuál es el primer y principalísimo beneficio que persiguen “haciendo partido” con los caudales de todos? Pues el principal beneficio es perpetuarse en el poder, es decir cargarse el sistema. ¿Pero tan pernicioso es el clientelismo? En efecto, así de pernicioso. Su principal objetivo es imposibilitar la alternancia política: se trata de atrapar como clientes a una masa crítica de votantes, la que les permite ganar siempre las elecciones.
El cliente sabe que si su patrón pierde el poder y con él la Administración de los caudales públicos, él pierde el favor de la Administración porque habrá pasado a otras manos.
Por consiguiente el cliente de la Administración no es sólo que vote a los que le mantienen; es que se convierte en un activista tanto más entusiasta, cuanto mayor es su temor de perder la prebenda. No sólo eso, sino que esa situación de privilegio es envidiada por otros ciudadanos que se ponen a la cola para acceder a la cómoda condición de clientes. Y el poder político, encantado, acapara competencias sea del sector público, sea del privado y aumenta los presupuestos (y los impuestos, claro está) para ampliar su plantilla de clientes y por supuesto de votantes.
Hemos entrado en un camino de servilismo y de servidumbre. Resulta que la mitad de los españoles aspiran a ser funcionarios, y la otra mitad a disfrutar de contratos de la administración. Es que la riqueza del Estado es tan desmedida como lo fue la del imperio romano: ellos eran riquísimos porque saqueaban y extorsionaban a otros países mediante la guerra. Nuestros Estados son muy ricos porque si bien se produjo cierto desarme militar al salir de la segunda guerra mundial, no se produjo el desarme económico, con lo que seguimos en régimen de economía de guerra; pero en vez de destruir con bombardeos, nos bombardean con propaganda para que consumamos. Continuamos la guerra en paz. El precio es el clientelismo. La corrupción de la paz y de la libertad.
Mariano Arnal
Candidato nº1 C's Sant Adrià de Besòs

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