viernes, 25 de mayo de 2007

EL CULTO IDENTITARIO:

Es evidente que a los individuos humanos, como a los de cualquiera de las demás especies animales y vegetales, es infinitamente más lo que nos iguala que lo que nos diferencia.

Existe el diferencial individual, ciertamente, pero es ínfimo, de detalles nimios, comparado con el enorme caudal igualador. Y lo que ocurre con los individuos ocurre también con los grupos de cualquier género. Por eso es tan posible y tan constante la mezcla, que tiende a homogeneizar cada vez más a todos los individuos del género humano.

Hemos visto cómo se han mezclado razas de gran disparidad, asistimos a un mestizaje universal, que a gran velocidad nos va acercando los unos a los otros a base de atenuar las diferencias. Hoy la humanidad es variopinta, pero no sólo por el color de la piel, sino también por el colorido de su cultura.

¿Hubiese sido mejor el mundo si las razas y las culturas hubiesen preservado celosamente su diferencialidad? ¿Quedaría más bonito el mosaico humano si hubiesen mantenido su viveza los colores y las culturas, el blanco blanquísimo, impoluto, y el negro totalmente aislado en su negritud? ¿Habría contribuido eso al progreso y a la felicidad del ser humano?

Parece evidente la inclinación dominante e inevitable no de hoy ni de ayer, sino desde Cro-magnon y Neandertal. Olvidar por tanto que lo fuerte, lo importante es lo que nos iguala, y poner el acento chillón en lo que nos diferencia, es un anacronismo de mucho bulto.

¿Significa eso que el culto a la diferencia es pernicioso? No lo es, claro que no, puesto que valores son los que nos igualan, y valores los que nos diferencian. Todo es cuestión de intensidad y proporcionalidad. Si alguien se empeña en centrar su personalidad en el color de su pelo y se empeña en convertir ese diferencial en el eje de toda su vida, entenderemos que se está pasando de rosca. Esa es una mínima e insignificante diferencia para empeñarse en ser diferente justo por eso y constituir esa característica en algo que le ponga en un plano distinto respecto a los demás.

El hecho cierto es que, de esto hace milenios, la humanidad decidió superar su división natural (a imagen y semejanza de los otros animales) en razas, etnias y tribus. Y decidió hacerlo justo mediante la creación de un nuevo concepto de convivencia basado en la agrupación voluntaria primero, y luego en la mezcla de grupos pertenecientes a “naciones” distintas, es decir nacidos de rebaños humanos distintos. Ese nuevo concepto de convivencia, caracterizado por la aglutinación de distintas tribus y “naciones” (=conjunto de “nacidos”), recibió el nombre de CIUDAD en un primer momento, y de ESTADO modernamente. Es a este imparable movimiento “desnaturalizador” del hombre al que le llamamos CIVILIZACIÓN.

Algunas cosas malas tuvo ese desgajamiento del hombre de su estructura social natural; pero tuvo a cambio la enorme ventaja de la dilución de los primitivos grupos sociales en el nuevo grupo, éste ya de carácter netamente político (polis es la ciudad), en el que se fraguó la IGUALACIÓN de todos sus individuos (en algunas civilizaciones aún no se ha conseguido la igualación de la mujer). Igualación que sólo ha sido posible gracias al cuarteamiento del último reducto de la agrupación natural humana: la familia.

He ahí el último eslabón de nuestra cadena natural (de nacimiento), el último que nos queda, fuente de graves conflictos entre los derechos “naturales” (los de nacimiento) y los derechos políticos. Ahí está en efecto en plena crisis el derecho de los padres o en su defecto del Estado (del que nuevamente aspira a ser “nación”, como la madre de la que nacemos) sobre los hijos. Porque es evidente que los padres no tienen derechos políticos ni obligaciones políticas sobre sus hijos, sino derechos y obligaciones naturales. Y por otra parte los hijos, ciudadanos in fíeri (haciéndose) tienen también derechos y obligaciones. ¿Naturales o políticos?

Porque no nos despistemos, en el mismo plano de la emancipación del hombre de sus antiguos señores y de la emancipación de la mujer del que durante muchísimos siglos fue su señor, está la emancipación de los hijos de los que no hace mucho fueron sus señores padres, y ahora simplemente sus padres, a menudo sin formar familia siquiera.

Pero vayamos al eslabón anterior al de la familia, el de la tribu o nación étnica. ¿Tiene sentido en pleno proceso civilizador y desnaturalizador reivindicar lazos “naturales” de un grupo de individuos Como elemento DIFERENCIADOR? La verdad es que eso suena muy raro, pero por ahí acaban pasando antes o después todas las formulaciones nacionalistas. La última razón del asunto es haber nacido de tal o de cual. Es que tampoco puede ser de otro modo. Al fin y al cabo siempre estará ahí la palabra NACIÓN recordándonos que viene de NACER. Por eso, hay que insistir en la pregunta: ¿Cómo a estas alturas de la civilización podemos asignarle un valor decisivo al “haber nacido de”?

El nacionalismo nos propone relativizar y atenuarla hasta casi apagarla nuestra identidad individual, para hipertrofiar una identidad colectiva, ciertamente innegable, pero no tan decisiva para cada uno. La cuestión final es ésta: ¿Nos conviene a los que vivimos en entornos nacionalistas renunciar a nuestra identidad individual a cambio de crecernos en la identidad colectiva que se nos impone desde el poder? Muchos creemos que NO.
Mariano Arnal
Candidato C's Sant Adrià de Besòs

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Estoy completamente de acuerdo.Todos los nacionalismos son nefastos,y se convierten muy rapidamente en (FASCISMO APLICADO )HABLAN EN NOMBRE DE TODOS CUANDO REALMENTE SU REPRESENTACION ES MINIMA SON LOS TALIBANES CATALANES. QUE LA VIRGEN NEGRA (POR CIERTO)NOS SALVE DE ELLOS

Anónimo dijo...

Enhorabuena, Mariano. Tú y yo compartimos mesa en el primer encuentro de Ciudadanos en Badalona.

Excelente tu artículo. Me entretuve a leer el programa municipal d'ERC y debajo de mucha paja está su discurso que tan bien has descrito.

Ahora que ya tenemos nuestro blog si me lo permites iré pegando algunas de sus propuestas porque son muy ilustrativas.