viernes, 25 de mayo de 2007

COMPLEJOS POLÍTICOS

Nada aportamos a la ciencia si decimos que el hombre -comprendida la mujer-, está lleno de complejos. Por bajito, por sosaina, por gordinflas. Por algo que tiene o que no tiene, por algo que le sobra o que le falta. Pero ésos son complejos corrientes con los que todos convivimos cada día, unos con relativa desazón, otros con encomiable deportividad.

Y si digo corrientes es porque hay complejos, por ejemplo, que son específicamente de millonarios, y no me refiero a los complejos residenciales, sino a ciertas emociones que a veces aparecen en el hombre -comprendida la mujer-, en forma de cargos de conciencia. “¿Ah, sí? Dígame alguno”. “Pues los hay, los hay, hable usted con los curas...” Luego está el Complejo de Edipo, que es una fuerte inclinación del hijo hacia la madre, con independencia de lo buena que esté, o de la hija hacia el padre, para lo cual es necesario que ésta tenga el nombre de Electra, como Iberdrola. Qué tontería, ¿no?

Yo creo que hay complejos que existen para rebajarnos un poco los humos, es decir, para dulcificar la soberbia y hacernos más humanos, más humildes. Para rectificar una postura, para desandar un camino, para comprender mejor a un hermano. Por ejemplo, el complejo de pene pequeño es para poner en su sitio a los sementales; y el complejo de sobaco sudado, al estilo Camacho, es para rebajarles las ínfulas a los aprendices de pavo real...

El problema de los complejos es que, si son exagerados, pueden ser también destructivos ¿Cómo superarlos, entonces? ¿Con la ayuda de un psicólogo, tan de moda en nuestra sociedad de consumo? ¿Con el esfuerzo de la voluntad, con el concurso de la inteligencia o del humor? ¿Ensañándote con los complejos del vecino? ¿Y si se salen del plano personal y afectan a una organización, a un pueblo, a un país?

En la sociedad española hay una serie de complejos colectivos que, siendo de muy fácil diagnóstico, presentan una difícil superación ¿Por qué? Porque para superar un complejo de ese tipo a menudo hay que pasar por encima del adversario, tal vez enemigo, que nos lo provoca o nos lo recuerda. Y eso no es fácil. Además, ¿cómo va a ir al psicólogo la Conferencia Episcopal, por más complejos que tenga, o el Colegio de Aparejadores de Guadalajara o algún partido político? Quizás se entienda mejor si exponemos algunos casos concretos.

El PP, por ejemplo, tiene el complejo de ser el heredero natural del franquismo, lastre que le está costando horrores soltar ¿Por qué? En primer lugar por ese sentimiento de culpa de haber vencido a tortas en una contienda en la que participaron sus padres, pero de la que ellos se han beneficiado y/o se benefician; sentimiento que puede durar generaciones, como se ve. Y en segundo lugar, porque al resto de los partidos les está costando mucho reconocer que el PP es tan democrático como ellos, puesto que, como ellos, concurre a las elecciones y se mantiene escrupulosamente dentro de la legalidad constitucional, incluso en mayor medida que algunos. Véase el caso del PNV: católico de misa, rico exponencial, derechón a machamartillo y abiertamente anticonstitucional y antidemocrático.

El PSOE, por su parte, tiene ante el PP el complejo de superioridad moral e intelectual que ya es tradicional en la izquierda. Para el PSOE, la intelectualidad es incompatible con las derechas, a pesar de la evidencia de Borges. Además, frente a los partidos nacionalistas, tiene el complejo de ser español, por lo que sufre frecuentes tentaciones de hacerse perdonar por ese nacionalismo rampante y excluyente para el que ser español es equivalente a ser malo. Malo y malo y malo, hala. Tanto es así que algunos de sus militantes se sitúan por momentos al otro lado de la barrera. Véase el caso de Odón Elorza.

Finalmente, tanto los nacionalistas de izquierdas como los de derechas tienen el complejo insuperable de Madrid. Para ellos, Madrid es el pecado original, la negación y la culpa. O sea: toda china que les aprieta en el zapato, toda espina que se les clava en la garganta, todo problema que son incapaces de resolver, toda factura que no quieren pagar. Y Madrid, como todo el mundo sabe, incluso los nacionalistas más refractarios, es una ciudad que no tiene complejos. Ni siquiera el del mar, ya que se ha dado cuenta de que el mar está sólo a cuatro horas de coche.

Y es que el problema existe siempre, lo importante es encontrar la solución o, por lo menos, tener la voluntad de encontrarla. Al fin y al cabo, ¿qué son cuatro horas de coche si se sabe que el estrés es soportable únicamente hasta el viernes y que el mar, la mar, no va a venir nunca a Mahoma?

Mariano Estrada

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